3 de junio de 2011

De “Formas de Vida Inteligente” y “Segundas Oportunidades”

Carta a los futuros politólogos
            Cuando se me pidió que realizara un conversatorio dirigido a los estudiantes de Diplomacia y Ciencias Políticas de la UNAN, con el propósito de motivarles académicamente, mis primeras reacciones fueron de una profunda felicidad y una sensación de honor inmerecido. Luego empecé a tomar conciencia de la trascendencia que tendría aproximarse a los actuales estudiantes de mi alma mater, y de mi propia carrera.
            ¿Qué esperarán de mí?, ¿Qué palabras utilizaré?, ¿Debería contentarme con “amenizarlos” un par de horas o debería intentar dejar huella en ellos/as? La carencia de respuestas inmediatas a estas preguntas me arrojó a los recuerdos de mis años de estudiante de pregrado (porque alegremente seguiré siendo estudiante hasta donde lo permita la lucidez).
            Aunque mis primeros años en la universidad no fueron de fulgurante brillantez o de calificaciones excepcionales, siempre di señales de albergar una “forma de vida inteligente” aunque no mostrara abundante evidencia de ello. En ese entonces, habitar los pasillos y las bancas o ir por unas cervezas parecía mejor negocio que recibir clases o estudiar sacrificadamente. Nada se comparaba con entregar asignaciones instantáneas de último minuto, o con desarrollar un repentino y apasionado fervor religioso intentando lograr una prorroga en la entrega de las mismas. De tiempo en tiempo me preguntaba si se podía vivir así por siempre, ya que esos cinco años de universidad se miraban eternos desde adentro. Pensaba: “cuando venga el momento empezaré a estudiar en serio”, sin saber que el momento perfecto se iba todas las tardes decepcionado por falta de clientela.
            Aunque yo no era el paradigma de la abnegación académica, la razón inicial por la que escogí dicha carrera fue que tenía una pregunta en mente, ¿Cómo funciona el mundo? Así es. Tan simple y desesperantemente impreciso como se lee. Deseaba saber qué procesos reposaban en la superficie y en lo profundo de las sociedades, de las naciones, de los estados, del poder mismo. Aunque no lo escrutaba con tanto detenimiento en ese entonces.
            Un poco más cerca del final que del inicio de dichos años de universidad, tuve un encuentro devastador con una cruda e innegable realidad. No sabía nada. Creía que sabía algunas cosas y que podía desempeñarme bien con ellas, pero en realidad no sabía nada. El tiempo pasaba cada vez más rápido, y Yo No Sabía Nada. Miré a mí alrededor y quienes parecían saber algo -por su comportamiento o por su desempeño académico- en realidad No Sabían Nada, o muy poco en excepcionales casos. En mi opinión, no sabíamos lo mínimamente necesario para merecer el título de profesional en Ciencia Política y menos para competir con colegas de otras partes del mundo.
            Tan preocupante como sería escuchar un “no sé” –o un escuálido y tambaleante “sí”-, al preguntarle a un médico si sabe cómo medir la presión arterial, así de francamente pobres eran mis nociones en Ciencia Política. Y no todo era culpa de la batería de docentes, ni de los programas académicos, ni del repertorio de materias. La mayor parte de responsabilidad era individual, por negligencia deliberada –como en mi caso- o por ignorancia, ya que el futuro en juego era el propio. Como tan genialmente lo condensara Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
            A partir de una sentencia tan brutalmente sintetizadora nació mi a veces asfixiante pero siempre gratificante acuerdo con la Excelencia. De este modo, partiendo de lo básico, comencé escudriñar en busca de las piezas necesarias para construir un cuerpo coherente de conocimientos en Ciencia Política. Desde entonces una incontable cantidad de valiosos textos y un selecto grupo de personas contribuyen determinantemente para que esto sea posible.
            Como aprendizaje fundamental dentro de la disciplina que nos concierne, identifiqué mi entorno inmediato, mis objetivos e intereses, y el alcance de lo que me era controlable para lograr la consecución de los mismos. Y concluí que no tengo mucho Poder sobre el mundo que me rodea –es decir, no puedo decidir que se me contrate en cierto puesto, o que se me otorgue cierta beca-, pero si tengo control sobre mí mismo. Es decir, sobre mí propia formación, y sobre la estructura de conocimiento que podía desarrollar. ¿Cuál sería la estrategia? Tener la mejor calidad que me fuera posible para incrementar mis probabilidades de éxito en cada oportunidad que se presentara.
            Tomando en cuenta que mi propia vocación me ha llevado a especializarme en política internacional y análisis estratégico he procurado cultivar, casi con patológico esmero, una colectividad de conocimientos sólida para perseguir tal fin. Y como un incurable optimista me atreví a reconocer que entre cada uno de nosotros y los hitos de la historia de los que tanto habíamos oído hablar –pero de los que muy poco habíamos leído- no existía diferencia sustancial. Fueron hombres y mujeres que en su momento identificaron su rol histórico y se plantaron a la altura de los desafíos. Susceptibles de cometer errores propios de la disciplina que se tratare, pero también dueños de gran genialidad. Genialidad que cuenta con limitadas dosis de talento, pero que es abundante en trabajo duro. Todo depende de que tan alto nos atrevamos a mirar.
            Siendo que el ámbito profesional tiene poca tolerancia al “error”, y la universidad es el escenario perfecto para “ensayar”, el tiempo es ahora para hacerse con las herramientas científicas para descubrirse al competitivo mundo en el que vivimos. El estándar internacional de calidad que debe tener un Politólogo/a de excelencia demanda un repertorio preciso de conocimientos en tan abundantes áreas de especialización, que implican desarrollar habilidades, desde cómo construir y consolidar una Democracia hasta cómo desafiarla; desde cómo ejercer influencia sobre otro ser humano hasta cómo escoger milimétricamente cada palabra que se dice o se escribe en todo momento. Es decir, en este nuestro mundo, cuanto sepas, eso vales como profesional.
            Más que aterrorizarles, intento arrojar luz sobre una ventajosa realidad. Y es que estoy seguro que aquí también se albergan muchas “formas de vida inteligente”, y estoy seguro que como yo le arrebaté una provechosa “segunda oportunidad” a la vida ustedes también pueden hacerlo.

Por: Luis Campos Pérez, Licenciado en Diplomacia y Ciencias Políticas, UNAN

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